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Rowan Atkinson (AKA Mr. Bean) que comparte JK Rowling
> 'Criticar a una persona por su raza es manifiestamente irracional y ridículo, pero criticar su religión, eso es un derecho. Eso es libertad. La libertad de criticar ideas, cualquier idea —incluso si se trata de creencias sinceramente sostenidas— es una de las libertades fundamentales de la sociedad. Una ley que intentara decir que puedes criticar y ridiculizar ideas siempre y cuando no sean ideas religiosas sería, en efecto, una ley muy peculiar.'
> 'Todo apunta a la promoción de la idea de que debería existir un derecho a no ser ofendido. Pero en mi opinión, el derecho a ofender es muchísimo más importante que cualquier derecho a no ser ofendido.
El derecho a ridiculizar es muchísimo más importante para la sociedad que cualquier derecho a no ser ridiculizado, porque uno, en mi opinión, representa la apertura —y el otro representa la opresión.'
Claro, en esa ley por ejemplo, defender el liberalismo o el conservadurismo, se considera delito de odio para la izquierda, y se castiga penalmente. Khayman por ejemplo, sería apresado y torturado por delito de odio, en el socialismo venezolano, por decir que Hayek es un gran pensador.
La ley de Memoria Histórica considera delito elogiar a personalidades de la dictadura, creo que ya se ha trasladado sus restos desde la catedral de Sevilla.
¿El presidente español de izquierda que promovió volver punible los elogios a personalidades de la dictadura franquista, no es Rodríguez Zapatero, el "canciller" de la dictadura de Maduro, investigado en USA por hacer una fortuna con el sufrimiento, tortura y muerte de millones de venezolanos?
La ley de Memoria Histórica considera delito elogiar a personalidades de la dictadura, creo que ya se ha trasladado sus restos desde la catedral de Sevilla.
Bueno ya...
Enfrente de Ferraz siguen con los aguiluchos y los himnos, y no pasa nada, que es justo lo que tiene que pasar.
Ver las noticias sobre misiles asociados a Irán puede dar la impresión de que estamos presenciando el inicio de un conflicto. En realidad, es más bien la culminación visible de una guerra más antigua. Nos escandaliza la balística, pero solemos padecer de amnesia histórica. Mucho antes de que los proyectiles cruzaran las fronteras de Oriente Medio, el régimen de los ayatolás ya había lanzado otra ofensiva. No contra bases militares ni ciudades, sino contra el pensamiento libre. Sus primeros objetivos fueron los escritores y los artistas.
El 14 de febrero de 1989 marcó el inicio de esta ofensiva. Cuando el ayatolá Jomeini emitió su fetua condenando a muerte a Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos, no solo censuraba un libro, sino que disparaba un misil ideológico. Esa sentencia cobró víctimas reales: el traductor japonés Hitoshi Igarashi fue asesinado, el traductor italiano Ettore Capriolo y el editor noruego William Nygaard resultaron heridos, y treinta y tres años después el propio Rushdie perdería un ojo tras ser atacado en Nueva York. La paradoja es que la persecución opacó la obra. Los versos satánicos es un logro de escritura y una exploración del desarraigo multicultural. Es una novela que se abre en dos ramales: las vidas paralelas de un actor, Gibreel Farishta, y un locutor, Saladin Chamcha. Tras caer de un avión que sufre un atentado en pleno vuelo, Chamcha se metamorfosea en una figura con cuernos y pezuñas, emblema de los tormentos del migrante anglófilo. La apuesta de Rushdie consiste en imaginar un mundo alternativo, creando un espacio conjetural donde las revelaciones se ponen en entredicho. Al multiplicar perspectivas y subtramas, la novela revela que las obras de la cultura, la política y la religión son construcciones humanas, no dictados infalibles.
Esta censura inspiró a otros radicalismos. En 1994, el premio nobel egipcio Naguib Mahfouz fue apuñalado en El Cairo, en un atentado justificado por líderes extremistas que invocaban el caso Rushdie como precedente. ¿Pero qué había en la literatura de Mahfouz para despertar semejante ira letal? La respuesta se encuentra en su obra capital, Hijos de nuestro barrio. Aunque la condena original y la censura de este libro provinieron de los teólogos sunníes de la Universidad de Al-Azhar en Egipto, fue el clima de hostilidad transnacional desatado por la fetua iraní el que reactivó el odio asesino décadas después. La novela de Mahfouz molestó profundamente a los fundamentalistas por su brillante uso de la alegoría y la metáfora. Mahfouz tuvo la audacia de escribir una historia espiritual de las religiones disfrazada de un relato costumbrista sobre las disputas de poder en un callejón de El Cairo. Para los clérigos, era una blasfemia imperdonable personificar y humanizar a Dios a través de la figura de Gebelawi, el anciano patriarca del barrio, un hombre poderoso, inalcanzable, pero revestido de características y defectos puramente terrenales, cayendo así en el pecado del antropomorfismo. En los últimos capítulos aparece un personaje llamado Arafa, que encarna a la ciencia y la modernidad. Arafa utiliza sus conocimientos para mejorar la vida del barrio. En su afán por descubrir los secretos de la gran mansión, provoca accidentalmente la muerte de Gebelawi. Para los teólogos de Al-Azhar, esto era una inaceptable declaración literaria de que la ciencia había asesinado a Dios y de que la religión era obsoleta.
Dentro de sus propias fronteras, el Estado teocrático iraní orquestó en la década de los 90 los llamados “asesinatos en cadena”, una purga sistemática que aniquiló a decenas de miembros de la Asociación de Escritores Iraníes. Entre las víctimas se encontraban traductores y ensayistas, como Mohammad Mokhtari y Mohammad Jafar Pouyandeh, y líderes opositores, como Parvaneh Eskandari y Dariush Forouhar. Incluso en el exilio, el cantante Fereydoun Farrokhzad fue asesinado en su apartamento en Alemania. Esta aversión a la imagen y a la narrativa independiente explica también el ensañamiento contra la novela gráfica Persépolis, de Marjane Satrapi, publicada en el año 2000, que transformó el lenguaje del cómic en un poderoso testimonio autobiográfico sobre la revolución iraní y la guerra entre Irán e Irak. Con un estilo visual austero en blanco y negro, Satrapi narró su infancia y adolescencia durante la instauración de la República Islámica. A través de los ojos de una niña, el lector observa la pérdida progresiva de libertades: la imposición del velo obligatorio, la vigilancia ideológica en las escuelas, el miedo constante que se instala en la vida cotidiana. El libro tuvo un enorme impacto internacional y fue adaptado al cine en 2007. En Irán, sin embargo, la obra permanece prohibida. Satrapi vive desde hace años en Francia. En 2023, junto con otras artistas, publicó la novela gráfica Mujer, vida, libertad, editada en español por Reservoir Books.
El acoso se extendió. El cine iraní ha operado bajo asedio. Directores como Jafar Panahi y Mohammad Rasoulof han enfrentado años de prisión y la prohibición legal de filmar. El rapero Toomaj Salehi enfrentó la amenaza de la horca por sus canciones; el músico Shervin Hajipour fue condenado a prisión por componer Baraye; y la actriz Taraneh Alidoosti fue recluida en la prisión de Evin por mostrar su cabello y sostener un cartel. En esa misma prisión, el Estado dejó morir al poeta Baktash Abtin en 2022, al negarle atención médica.
Comentarios
Esta gente es la que dice que si gana Vox va a haber censura, cárcel y fascismo.
Esta gente.
Se pasean por España con sus matones de la izquierda, amenazando a los que los encaran. No están acostumbrados a la libertad de expresión:
> 'Criticar a una persona por su raza es manifiestamente irracional y ridículo, pero criticar su religión, eso es un derecho. Eso es libertad. La libertad de criticar ideas, cualquier idea —incluso si se trata de creencias sinceramente sostenidas— es una de las libertades fundamentales de la sociedad. Una ley que intentara decir que puedes criticar y ridiculizar ideas siempre y cuando no sean ideas religiosas sería, en efecto, una ley muy peculiar.'
> 'Todo apunta a la promoción de la idea de que debería existir un derecho a no ser ofendido. Pero en mi opinión, el derecho a ofender es muchísimo más importante que cualquier derecho a no ser ofendido.
El derecho a ridiculizar es muchísimo más importante para la sociedad que cualquier derecho a no ser ridiculizado, porque uno, en mi opinión, representa la apertura —y el otro representa la opresión.'
Algunos lo llaman "periodismo".
La Oligofrenia
La izquierda y su gran hermano
A ver quién y cómo se decide que es o que no información correcta. El Estado tomando la responsabilidad propia del ciudadano.
Estamos hodíos.
+100
La Oligofrenia
De hecho si alguien elogia a Mola desde hace años es delito, y por tanto denunciable, elogiar a Txeroki no es delito.
El cinismo.
Claro, en esa ley por ejemplo, defender el liberalismo o el conservadurismo, se considera delito de odio para la izquierda, y se castiga penalmente. Khayman por ejemplo, sería apresado y torturado por delito de odio, en el socialismo venezolano, por decir que Hayek es un gran pensador.
Es una constante de la izquierda en muchos lugares, lo que demuestra su naturaleza liberticida.
¿Elogiar a Mola es delito?
Pero si hay elogios a Franco con símbolos franquistas en la misma vía pública cada vez que Vox convoca una protesta contra el gobierno.
Y me parece estupendo que puedan hacerlo.
¿El presidente español de izquierda que promovió volver punible los elogios a personalidades de la dictadura franquista, no es Rodríguez Zapatero, el "canciller" de la dictadura de Maduro, investigado en USA por hacer una fortuna con el sufrimiento, tortura y muerte de millones de venezolanos?
Bueno ya...
Enfrente de Ferraz siguen con los aguiluchos y los himnos, y no pasa nada, que es justo lo que tiene que pasar.
El ministerio del amor.
Irán y las bombas contra la imaginación
Ver las noticias sobre misiles asociados a Irán puede dar la impresión de que estamos presenciando el inicio de un conflicto. En realidad, es más bien la culminación visible de una guerra más antigua. Nos escandaliza la balística, pero solemos padecer de amnesia histórica. Mucho antes de que los proyectiles cruzaran las fronteras de Oriente Medio, el régimen de los ayatolás ya había lanzado otra ofensiva. No contra bases militares ni ciudades, sino contra el pensamiento libre. Sus primeros objetivos fueron los escritores y los artistas.
El 14 de febrero de 1989 marcó el inicio de esta ofensiva. Cuando el ayatolá Jomeini emitió su fetua condenando a muerte a Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos, no solo censuraba un libro, sino que disparaba un misil ideológico. Esa sentencia cobró víctimas reales: el traductor japonés Hitoshi Igarashi fue asesinado, el traductor italiano Ettore Capriolo y el editor noruego William Nygaard resultaron heridos, y treinta y tres años después el propio Rushdie perdería un ojo tras ser atacado en Nueva York. La paradoja es que la persecución opacó la obra. Los versos satánicos es un logro de escritura y una exploración del desarraigo multicultural. Es una novela que se abre en dos ramales: las vidas paralelas de un actor, Gibreel Farishta, y un locutor, Saladin Chamcha. Tras caer de un avión que sufre un atentado en pleno vuelo, Chamcha se metamorfosea en una figura con cuernos y pezuñas, emblema de los tormentos del migrante anglófilo. La apuesta de Rushdie consiste en imaginar un mundo alternativo, creando un espacio conjetural donde las revelaciones se ponen en entredicho. Al multiplicar perspectivas y subtramas, la novela revela que las obras de la cultura, la política y la religión son construcciones humanas, no dictados infalibles.
Esta censura inspiró a otros radicalismos. En 1994, el premio nobel egipcio Naguib Mahfouz fue apuñalado en El Cairo, en un atentado justificado por líderes extremistas que invocaban el caso Rushdie como precedente. ¿Pero qué había en la literatura de Mahfouz para despertar semejante ira letal? La respuesta se encuentra en su obra capital, Hijos de nuestro barrio. Aunque la condena original y la censura de este libro provinieron de los teólogos sunníes de la Universidad de Al-Azhar en Egipto, fue el clima de hostilidad transnacional desatado por la fetua iraní el que reactivó el odio asesino décadas después. La novela de Mahfouz molestó profundamente a los fundamentalistas por su brillante uso de la alegoría y la metáfora. Mahfouz tuvo la audacia de escribir una historia espiritual de las religiones disfrazada de un relato costumbrista sobre las disputas de poder en un callejón de El Cairo. Para los clérigos, era una blasfemia imperdonable personificar y humanizar a Dios a través de la figura de Gebelawi, el anciano patriarca del barrio, un hombre poderoso, inalcanzable, pero revestido de características y defectos puramente terrenales, cayendo así en el pecado del antropomorfismo. En los últimos capítulos aparece un personaje llamado Arafa, que encarna a la ciencia y la modernidad. Arafa utiliza sus conocimientos para mejorar la vida del barrio. En su afán por descubrir los secretos de la gran mansión, provoca accidentalmente la muerte de Gebelawi. Para los teólogos de Al-Azhar, esto era una inaceptable declaración literaria de que la ciencia había asesinado a Dios y de que la religión era obsoleta.
Dentro de sus propias fronteras, el Estado teocrático iraní orquestó en la década de los 90 los llamados “asesinatos en cadena”, una purga sistemática que aniquiló a decenas de miembros de la Asociación de Escritores Iraníes. Entre las víctimas se encontraban traductores y ensayistas, como Mohammad Mokhtari y Mohammad Jafar Pouyandeh, y líderes opositores, como Parvaneh Eskandari y Dariush Forouhar. Incluso en el exilio, el cantante Fereydoun Farrokhzad fue asesinado en su apartamento en Alemania. Esta aversión a la imagen y a la narrativa independiente explica también el ensañamiento contra la novela gráfica Persépolis, de Marjane Satrapi, publicada en el año 2000, que transformó el lenguaje del cómic en un poderoso testimonio autobiográfico sobre la revolución iraní y la guerra entre Irán e Irak. Con un estilo visual austero en blanco y negro, Satrapi narró su infancia y adolescencia durante la instauración de la República Islámica. A través de los ojos de una niña, el lector observa la pérdida progresiva de libertades: la imposición del velo obligatorio, la vigilancia ideológica en las escuelas, el miedo constante que se instala en la vida cotidiana. El libro tuvo un enorme impacto internacional y fue adaptado al cine en 2007. En Irán, sin embargo, la obra permanece prohibida. Satrapi vive desde hace años en Francia. En 2023, junto con otras artistas, publicó la novela gráfica Mujer, vida, libertad, editada en español por Reservoir Books.
El acoso se extendió. El cine iraní ha operado bajo asedio. Directores como Jafar Panahi y Mohammad Rasoulof han enfrentado años de prisión y la prohibición legal de filmar. El rapero Toomaj Salehi enfrentó la amenaza de la horca por sus canciones; el músico Shervin Hajipour fue condenado a prisión por componer Baraye; y la actriz Taraneh Alidoosti fue recluida en la prisión de Evin por mostrar su cabello y sostener un cartel. En esa misma prisión, el Estado dejó morir al poeta Baktash Abtin en 2022, al negarle atención médica.